domingo, 5 de mayo de 2019 – 12:00 AM

Por Sara Del Valle Hernández

La primera vez que Enrique Amy se enfrentó a una lesión deportiva era un joven que hacía su residencia como estudiante de Medicina de la Universidad de Pittsburgh.

En ese período, estuvo destacado con los equipos de hockey y fútbol americano de esa universidad para atender lesiones orofaciales de los jugadores.

“Dientes volando, fracturas, lesiones, traumas…”, recordó Amy.

Poco se imaginaba Amy, en ese momento, que esa experiencia le serviría, más adelante, para unirse como voluntario del equipo médico de los Juegos Panamericanos de 1979 que se celebraron en San Juan, y para comenzar a colaborar con el Comité Olímpico de Puerto Rico (Copur) en 1980 hasta convertirse en director médico de esa institución deportiva y jefe de la Organización Nacional Antidopaje (NADO, por sus siglas en inglés) desde su fundación en 1999.

Como jefe de la NADO, Amy se convirtió en uno de los rostros más prominentes en Puerto Rico en la lucha contra el dopaje en el deporte de alto rendimiento. Su trayectoria lo ha llevado también a unirse a esfuerzos internacionales, especialmente en la región centroamericana y del Caribe.

Veinte años después, con cientos de experiencias, viajes y anécdotas en el resumé, el doctor Amy ha decidido renunciar a la dirección de la NADO. Sus múltiples compromisos profesionales con el Centro de Salud Deportiva y Ciencias del Ejercicio, el Copur, la Organización Deportiva Centroamericana y del Caribe (Odecabe) y con Panam Sports -ente que organiza los Juegos Panamericanos- le imposibilitan ejercer sus funciones en esa oficina a cabalidad. Ha sido una decisión pensada, pero que todavía le causa preocupación porque teme lo que pueda pasar con esa agencia tan importante para proteger la integridad del deporte puertorriqueño.

Con la sinceridad que lo caracteriza, el periodoncista ponceño compartió sus vivencias con El Nuevo Día durante una entrevista en su oficina médica en la calle Concordia, de Ponce.

¿Cuál fue su primera experiencia en un evento multideportivo?

—Cuando yo regreso a Puerto Rico de mis estudios en Estados Unidos, me fui a dar clases a la Escuela de Odontología y cuando vienen los Panamericanos de 1979, me llaman. “¿Tú tienes experiencia de deportes?”, me preguntan. Yo les dije: “Sí, ¿qué pasó?”. Ahí, me dijeron que necesitaban dentistas en el equipo médico de los Juegos y me preguntaron si quería ir. Yo les dije que sí. Cuando voy, comienzo a ver cómo es esto. Y tuve encuentros trascendentales, como uno buena gente con Bobby Knight (el exentrenador de baloncesto del equipo nacional de Estados Unidos) cuando Kyle Macy se fracturó la mándibula en un juego ante Cuba. En el juego, Tomás Herrera, de Cuba, le encajó un puño a Kyle que le provocó esa fractura. Yo estaba de guardia esa noche cuando llega Kyle con un trainer. Yo le tomé una placa y, cuando la vi, le dije que había que reducir la fractura ahora. En eso Bobby Knight entra, le explican lo que pasa y el dice ‘bullshit’ y empezó a manotear. Yo le digo al trainer que traiga el médico de su delegación, lo traen, le explico que había una fractura de mandíbula, que había que reducirla, pero que si ellos se lo querían llevar a Estados Unidos, era su problema. El médico vio la placa, vio que tenía razón y me preguntó si podíamos hacerlo aquí. Yo le dije que sí y él me dio que lo hiciéramos. En eso Bobby Knight, dijo: “No, aquí no se queda. Vamos para Estados Unidos”. Lo montaron en un avión y se lo llevaron.

¿Cómo es que termina al frente de la Organización Nacional Antidopaje?

—Yo fui nombrado director del Centro de Salud Deportiva y Ciencias del Ejercicio en 1995 cuando Walter Frontera (el doctor Walter Frontera Roura) renuncia porque se va para la Escuela de Medicina de Harvard a fundar el departamento de medicina física y rehabilitación. Ahí, me comienzo a empapar de todo lo relacionado al puesto, que incluía lo del dopaje. Nosotros empezamos a hacer nuestros controles con el reglamento del COI (Comité Olímpico Internacional). En 1999, se cruza la WADA (la Agencia Mundial Antidopaje) con su llamado a hacer reglamentos. Héctor Cardona (el fallecido expresidente del Copur) no sabía nada de esto, pero yo sí porque la comisión médica del COI me informaba. Así que yo me encargué a hacer el reglamento, que se aprobó en 2003, y seguí haciendo cosas. Cuando vi la actitud de los atletas hacia mí, que pensaban que yo estaba para jorobarles la vida cuando estaba para ayudarlos, traté de conseguir a alguien que se quedara (en la organización), pero nadie quiso. Nadie quería.

¿Hubo atletas que lo amenazaron?

—Sí, tuve atletas que me amenazaron. Me decían cosas como “si yo a usted lo veo por la carretera, le paso el carro por encima”. Pasé malos ratos.

¿Eso ha sido lo más difícil?

—No, yo lo ignoro. ¿Qué vas a hacer? Lo más difícil de esa posición es estar ajustándose a todos los cambios frecuentes de la WADA. WADA se ha convertido en una organización muy grande, muy compleja y con mucho dinero. Tiene que contratar gente y se inventa cosas para que la gente ejerza funciones. Por eso es que la oficina de Puerto Rico necesita una persona que tenga tiempo para que se encargue de ella.

¿Esto fue lo que lo llevó a renunciar finalmente?

—Mi secretaria, Carmen Alicia, y yo, prácticamente, corríamos la agencia (la NADO). Eso es bien complicado. Yo me comencé a sentir incómodo porque no tenía la capacidad física. Me empecé a afectar y me dije: “Tienes que decidir qué haces”. Yo estuve bregando con los positivos de (Juegos Centroamericanos y del Caribe de) Barraquilla 2018 hasta enero pasado, así que imagínate la cantidad de trabajo con todos los puestos. Que si los abogados, que si las vistas, que si las audiencias… Es complicado. También estoy en Panam Sports, aunque no manejaré el área de dopaje en los Panamericanos de Lima. Así que le dije a Sara (Rosario, presidenta del Copur) que iba a hacer una carta de renuncia porque me quiero quedar con el aspecto médico que es lo que me corresponde. Yo hice lo de dopaje porque había que hacerlo y no había más nadie que lo hiciera ni que tuviera la información y las conexiones que yo tenía.

¿En Puerto Rico hay un problema grave con el dopaje?

—No. Comparado con el mundo, no. Puerto Rico no tiene un problema crítico de dopaje en el deporte. Todo lo contrario, porque lo hemos controlado y se dan charlas. En la población general sí hay un problema. En los gimnasios, hay montones de personas que están hasta el eje con anabólicos, y usan montones de cosas y no hay controles. Yo me reuní con el que fue el zar de las drogas, Zambrana (Luis Guillermo Zambrana) para tratar de hacer una promoción en los gimnasios y tratar de hacer una ley que los regulara, pero la oficina se rompió y no se pudo hacer nada.

¿Cuál fue su momento más doloroso?

—Una de las cosas que mayor ansiedad me causó fueron los positivos en Mayagüez (los Juegos Centroamericanos de 2010) porque fue la primera y única vez que hemos tenido cinco positivos (el softbolista Jorge Aranzamendi, los pesistas Wilma Cotto y Gabriel Mestre y las corredoras Erika Rivera y Rachel Marchand) en unos Centroamericanos donde no se hicieron los controles previos advertidos. Atletas que uno conocía, que se entrenaban con nosotros, que yo jamás me imaginé que pudieran dar positivo. Y de los más que me sorprendió fue el relevo 4 x 100 metros, que estaban entrenando con nosotros y estaban ‘afilás’. En el caso del relevo, escogimos al azar el tramo al que le íbamos hacer. Salió el tercero, Erika Rivera. Yo me quedé tranquilo porque no pensaba que iba a dar positivo. También estuvo el caso de Aranzamendi, que salió positivo a un estimulante. No fue mucho, pero yo lo tenía que anunciar. Pasar por ese proceso ha sido lo más doloroso.

¿Cómo deja la oficina?

—La dejo con incertidumbre, con preocupación de que no se materialice lo que yo quisiera. Es imperativo asignarle fondos a esa oficina, como pasa en todos los países. En varias ocasiones, hice un presupuesto de $100,000 anuales, que es lo que yo creo que debe tener. Hay que pagarles a unas personas que recogen las muestras, hay que hacer un trabajo educativo, hay queimprimir panfletos… Me preocupa que no haya asignación de fondos, que no se le dé respaldo a las personas que se vayan a quedar y no se cumpla con los estatutos de la acreditación de la WADA.

¿Qué hace Enrique Amy en su tiempo libre?

—Estoy escribiendo un libro sobre el deporte y la medicina deportiva, que lo estoy haciendo poco a poco. Me gusta cocinar. Hago un arroz blanco con habichuelas negras que se le echo a cualquier cubano. Yo puedo pasar un domingo cocinando con una botella de vino. Además me gusta la música mucho. Voy mucho a conciertos. Tocaba cuatro, pero lo dejé de hacer por vago y porque me salieron callos. También pertenezco a la Fundación Musical de Ponce, que es un grupo sin fines de lucro de amigos que trabajamos para crear un programa musical. Su director es Henry Hutchinson. Nosotros nos dedicamos a montar conciertos de música clásica y a traer músicos de clase mundial a Ponce. También, me gusta visitar a mi hija Marie Christine en San Juan. Me reúno con amistades de la fundación musical. Me voy a ver los nietos (Sebastián y Olivia) a Weston (Florida). Siempre tengo algo que hacer.

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